Por eso respeto totalmente a quienes disfrutan la marihuana y también a quienes no les gusta. Yo estoy entre estos últimos. Ni los versos de Bob Marley, ni mi amor por las letras, ni los años de invierno en culturas menos mojigatas que la nuestra han logrado que me atraiga, ni siquiera un poquito.
Su olor me marea y me cuesta quitármelo de encima. Se me queda en la mente, como el recuerdo de un mal amor. Cuando alguien suelta al viento una bocanada de humo viscoso, de humo baretero, me siento aliviado de que ese olor no sea parte de mi ropa, de mis manos, de mi vida.
Su sabor me parece demasiado dulce y pastoso. Como el de un vino espumoso y espeso de mala calidad mezclado con leche. No surte el efecto del tabaco fuerte que seduce el paladar y consiente la lengua como a una mujer antes de dormir. Tampoco se acerca al sabor del whisky que, con el segundo sorbo, enamora la boca. Y menos al del sexo que siempre saca una sonrisa y evoca la faena dejada atrás. El sabor de la marihuana es para mí un intruso, un extraño que me produce desconfianza y me genera rechazo.
Su efecto me deprime. Además, creo que dura demasiado. El alma me falla y me siento subiendo una montaña de espalda. Me produce un hormigueo en el cuerpo que encuentro mentiroso. La piel deja de ser propia y se convierte en algo prestado… en un vestido viejo, en un abrigo sucio. Llegan malos recuerdos de todos lados directo al corazón. Me atacan mis errores, mis accidentes, mis fracasos. Siento ganas de escaparme lejos de mí mismo y no puedo.
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